“Te estuve buscando todo el día, ¿Qué haces aquí escondido?”, preguntó Juan al acercarse, intentando recuperar el aliento. Alexander no se giró de inmediato; mantuvo la vista en el horizonte mientras sus dedos jugueteaban nerviosos con la correa de su cámara, suspirando con pesadez.

“Tuve miedo, Juan”, confesó finalmente con una voz que apenas superaba el susurro del viento. Alexander le explicó que la pelea de la noche anterior había despertado sus fantasmas. “No te quería incomodar, vi tu cara de sorpresa en nuestra charla de anoche… se que puede ser difícil de aceptar y más en un pueblo como éste, no seria la primera vez que me pasa, por algo mi familia no me habla” dijo Alexander con la voz quebrada y los ojos contenidos de lágrimas.

Juan sintió que se le partía el alma al escuchar que Alexander cargaba con ese peso, creyéndose indigno de afecto en un lugar tan conservador. Se acercó y se sentó a su lado, buscando su mirada con una determinación que nunca antes había mostrado, dejando que su propia verdad fluyera.

“Yo jamás te rechazaría por eso”, dijo Juan, tomando aire antes de lanzar su mayor secreto al vacío. “A mi tampoco me gustan las mujeres, Alexander; de hecho, creo que soy el único gay en este pueblo”. La confesión quedó flotando en el aire puro de la montaña, sellando un vínculo inquebrantable.

Alexander lo miró con los ojos empañados, sorprendido por la valentía del joven profesor que siempre parecía tan medido y formal. Tuvieron una conversación tierna y profunda, reconociéndose el uno en el otro, compartiendo el dolor de la soledad y la alegría de haberse encontrado.

Juan recostó su cabeza sobre el hombro de Alexander, sintiendo el calor de su cuerpo. Se tomaron de la mano mientras el sol desaparecía por completo, prometiéndose en silencio que, sin importar lo que dictara el mundo, ese momento les pertenecía solo a ellos dos.