Alexander parecía ser el único en aquella fiesta cuya alma no estaba celebrando, moviéndose como un fantasma entre la alegría de los demás. En ese momento, un joven desconocido y visiblemente alcoholizado se le acercó, intentando llamar su atención con gestos exagerados y coqueteos que Alexander rechazaba con cortesía.

“No estoy interesado, amigo, de verdad”, dijo Alexander, intentando apartarse para seguir con sus fotos, pero el desconocido no aceptaba un no por respuesta. En un movimiento rápido y traicionero, el joven sujetó a Alexander por el cuello y le robó un beso forzado, justo en el momento exacto en que Juan lograba acercarse.

Juan sintió un frío glacial recorriendo su espalda al ver la escena; desde su ángulo, el beso parecía una entrega apasionada y correspondida. El profesor, con el alma rota en mil pedazos, retrocedió con la cara desencajada por el espanto, sintiendo que su viaje, su valentía y sus esperanzas habían sido una terrible equivocación.