Al día siguiente, la ciudad de Costa Azul se convirtió en el escenario de su luna de miel improvisada, donde cada rincón era un motivo de celebración. Caminaron de la mano por la playa sin importarles las miradas, compartieron un helado gigante en una plaza llena de palomas y se dedicaron a mirar las nubes recostados en el césped de un parque.

Al atardecer, mientras observaban el sol hundirse en el océano desde un muelle solitario, Juan tomó aire y formuló la pregunta que determinaría su futuro: “¿Te quedarías conmigo en el pueblo?”. Alexander lo miró con una ternura infinita, comprendiendo que su vida de trotamundos finalmente había encontrado un destino fijo en el corazón de aquel hombre.