El príncipe Agustín no tenía ni la menor idea de dónde encontrar el elixir, ya que siempre se le había administrado bajo estricta supervisión médica y nunca había visto el frasco original. Sin embargo, algo en su instinto le decía que probablemente la oficina privada de su padre, el Rey, sería el mejor lugar para comenzar una búsqueda de tal magnitud. Aprovechando que la guardia nocturna estaba distraída con el cambio de turno, se escabulló por los pasillos laterales, moviéndose con una agilidad que sorprendía incluso a él mismo, hasta alcanzar la imponente puerta de roble del despacho real.

Una vez dentro, el silencio era absoluto, roto solo por el tic-tac de un antiguo reloj de péndulo. Agustín comenzó a rebuscar con nerviosismo entre los estantes llenos de libros encuadernados en cuero y pergaminos amarillentos que contenían la historia del reino. Sus manos temblaban mientras movía objetos preciosos y mapas estelares, buscando cualquier indicio de un frasco o una sustancia mágica.

Finalmente, sobre un pedestal de piedra situado en un rincón sombrío, encontró una caja de madera tallada con símbolos antiguos que emanaba un aura de importancia.

Al abrir la caja con cuidado, Agustín sintió una punzada de decepción al notar que no contenía líquido alguno, sino un pergamino enrollado con un sello de cera roja. Al desplegarlo sobre la mesa, descubrió que se trataba de un mapa detallado y secreto que mostraba el camino a una isla lejana y misteriosa. Era la ubicación exacta de donde la familia real conseguía el elixir, un lugar protegido por leyendas y mares peligrosos que solo los reyes conocían. El príncipe comprendió en ese instante que el elixir no se fabricaba en el castillo, sino que se recolectaba en ese punto remoto del mundo.


