Agustín llegó a guardar el mapa apresuradamente en su bolsillo justo en el preciso momento en que la puerta se abrió de par en par. El Rey, su padre, irrumpió en la habitación. El monarca se detuvo en seco, frunciendo el ceño al encontrar a su hijo en aquel lugar prohibido a altas horas de la noche. El aire se volvió denso y pesado mientras el Rey clavaba su mirada inquisidora en Agustín, esperando una explicación lógica para tal intrusión.

El Rey le preguntó a Agustín qué hacía despierto y en ese lugar a esas horas, con un tono que mezclaba la sospecha con la severidad paternal. Agustín, tratando de mantener la compostura a pesar del mapa que quemaba en su bolsillo, le dijo que le costaba conciliar el sueño después del traumático episodio del desconocido irrumpiendo en su cuarto. Mintió con destreza, asegurando que solo estaba buscando algo interesante para leer, algún tratado de historia o filosofía que pudiera distraer su mente y ayudarlo a pensar en otra cosa que no fuera el peligro.
El Rey pareció aceptar la explicación a medias, pero no dejó marchar a su hijo de inmediato, sino que aprovechó el encuentro para iniciar una conversación sobre el futuro de la corona. Comenzó a hablarle de la importancia de las alianzas y nombró a la princesa Amalia, la joven con la que Agustín pronto se casaría en un matrimonio arreglado para fortalecer el reino. El soberano describía las virtudes de la princesa con entusiasmo, mientras Agustín sentía que las paredes del despacho se cerraban sobre él, recordándole la vida de cautiverio dorado que tanto detestaba.

Agustín escuchaba las palabras de su padre mientras su mente trabajaba a toda velocidad, intentando encontrar una forma de escapar sutilmente de la conversación sin levantar más sospechas. El príncipe no parecía muy feliz con la idea de la boda; cada mención de la princesa Amalia era como un clavo más en el ataúd de su libertad personal. Intentaba asentir en los momentos adecuados, pero su mirada se desviaba constantemente hacia la puerta, calculando cuánto tiempo faltaba para que su ausencia en la habitación fuera notada por los sirvientes.
Finalmente, después de una rápida e incómoda conversación donde el Rey le dio un último consejo sobre el deber y la herencia, Agustín logró salir del despacho real con una reverencia apresurada. Caminó por los pasillos con paso firme hasta que estuvo fuera de la vista de su padre, y entonces echó a correr hacia las escaleras que conducían a los niveles inferiores. Con el mapa todavía oculto y el corazón latiendo con fuerza, se dirigió a los calabozos, consciente de que Diego era ahora su única esperanza para llegar a esa isla lejana.


