El frío del hierro en sus muñecas era un recordatorio constante del desastre. En la penumbra de la bodega, el barco crujía bajo la presión de las olas, un sonido que se asemejaba a las quejas de una bestia herida. Agustín, despojado de su disfraz mágico, se sentía más vulnerable que nunca; su piel pálida resaltaba en la oscuridad, un faro de desgracia que había atraído la codicia de los piratas. A su lado, Diego mantenía la cabeza baja, sintiendo el peso del fracaso como una losa de piedra sobre su pecho.

El silencio entre ambos era denso, roto solo por el murmullo del agua que golpeaba el casco a pocos centímetros de sus cabezas. Diego pensaba en su hija, en el tiempo que se le escapaba entre los dedos como arena fina, y en cómo su lealtad hacia el príncipe parecía haber sellado el destino de la pequeña. Sin embargo, no había arrepentimiento en su corazón; al mirar de reojo a Agustín, veía a un hombre que buscaba su verdad, alguien que, al igual que su hija, merecía una oportunidad de vivir en libertad.

Durante la noche, mientras la tripulación de Valerius celebraba su futura riqueza en la cubierta superior, los dos prisioneros se permitieron ser humanos. Diego comenzó a llorar en silencio, una descarga de angustia contenida que sacudió sus hombros curtidos por el trabajo. Agustín, a pesar de estar encadenado, se acercó lo más posible y apoyó su cabeza contra la de Diego, ofreciendo el único consuelo que podía dar en ese momento. Se consolaron mutuamente con susurros, compartiendo el miedo a un futuro que ya no parecía pertenecerles.
Diego hablaba de la sonrisa de su hija y de los campos de trigo, mientras Agustín relataba sus sueños de viajar por el mundo sin ser juzgado por su estirpe. En ese rincón miserable del barco, la jerarquía entre un príncipe y un campesino se disolvió por completo, dejando solo a dos almas unidas por la tragedia. Fue un momento de vulnerabilidad compartida que los fortaleció para lo que vendría, creando un vínculo que ni las cadenas ni la tempestad que se avecinaba podrían romper fácilmente.
De repente, casi de la nada, el mar empezó a embravecerse con una furia inusitada, como si el mismo océano reclamara su parte en la traición de los piratas. Una gran tormenta cayó sobre ellos con una violencia ensordecedora, sacudiendo al barco con una fuerza que amenazaba con volcarlo en cada envite. Los gritos de alegría de los piratas se transformaron en órdenes desesperadas mientras corrían de un lado a otro en cubierta, intentando controlar las velas que se rasgaban bajo el viento huracanado.

Abajo, en la bodega, Diego y Agustín sentían cómo el barco se elevaba y caía, dejándoles el estómago en un vacío constante. El agua comenzó a filtrarse por las juntas de la madera vieja, inundando el suelo donde estaban sentados. La desesperación se apoderó de ellos cuando una sacudida especialmente fuerte fue seguida por un estruendo de madera rota; una gran ola había partido parte del casco y el “Kraken de la noche” comenzó a hundirse de manera inevitable.
El caos arriba era total. Los piratas, hombres que amaban el oro pero temían a la muerte por encima de todo, olvidaron rápidamente su valioso botín humano ante la perspectiva de un sepulcro acuático. Valerius, en un acto de cobardía que borró cualquier rastro de su antigua amistad con Diego, ordenó a sus hombres subir a los botes salvavidas. No hubo una mirada hacia atrás, ni un pensamiento para los prisioneros encadenados en las profundidades del navío que se sumergía.

Diego y Agustín quedaron atados a un poste en un barco que se inclinaba peligrosamente hacia el abismo. Los botes se alejaron entre la bruma y la lluvia, dejando a los dos hombres solos contra la inmensidad del mar. Agustín gritó pidiendo ayuda, pero su voz fue devorada por el rugido del viento. La ironía de la situación no se le escapó: el príncipe que quería escapar de un matrimonio arreglado y el padre que quería salvar a su hija morirían juntos, olvidados por un mundo que no supo entenderlos.

El agua empezó a cubrirlos poco a poco, una marea helada que les subía por las rodillas y luego por el pecho. Diego luchaba contra los grilletes, tirando con tal desesperación que el hierro comenzó a morder su piel, pero los esfuerzos fueron inútiles ante la solidez de las cerraduras. Agustín, con el agua rozando su barbilla, tomó la mano de Diego bajo el agua, un último contacto físico antes del final. No había palabras, solo la aceptación silenciosa de un destino compartido bajo las olas.


