Al despertar, Diego sintió la arena húmeda bajo sus dedos y el calor de un sol que empezaba a calentar el aire. Lo primero que vio fue la cara de Agustín, empapado y pálido, que gritaba su nombre mientras lo tomaba por el rostro con manos temblorosas. El príncipe, habiendo recuperado el sentido momentos antes, no se había separado de él, asegurándose de que el campesino aún respirara. Diego tosió el agua de sus pulmones y, tras un momento de confusión, se dio cuenta de que ambos estaban a salvo en una playa virgen.

Al mirar hacia el mar, que ahora estaba en calma tras la tormenta nocturna, pudieron ver por un segundo las colas de las sirenas alejándose en el horizonte, dejando un rastro de espuma brillante tras de sí. El sol asomaba por el horizonte con una luz dorada que parecía purificarlo todo. Estaban vivos, estaban libres de las cadenas y, milagrosamente, el océano los había depositado exactamente donde necesitaban estar. La aventura, lejos de terminar, cobraba un nuevo y místico impulso.

Al darse vuelta y alzar la vista, Agustín pudo ver una montaña colosal que se alzaba ante ellos, cuya cima parecía perforar las nubes. Estaba rodeada de una selva espesa y vibrante, con plantas de colores imposibles que parecían latir con vida propia. El príncipe reconoció los perfiles de la piedra y la forma de la costa de inmediato; a pesar de haber perdido el mapa físico en el naufragio, la imagen grabada en su memoria coincidía perfectamente con lo que tenía delante.

—¡Llegamos! —exclamó Agustín con una sonrisa de pura alegría que iluminó su rostro—. ¡Diego, mira! Es el lugar del mapa. El cansancio y el dolor de las heridas de las cadenas parecieron desvanecerse ante la magnitud del hallazgo. La esperanza, que se había hundido con el barco de Valerius, resurgía ahora más fuerte que nunca. Diego se puso en pie con dificultad, apoyándose en el hombro de Agustín, y ambos contemplaron la montaña sagrada con la determinación de quienes no tienen nada más que perder.


