Juntos se abrieron paso entre la selva, un laberinto de hojas gigantescas y lianas que se enredaban en sus pies. No era un camino fácil; el terreno era abrupto y el calor húmedo les dificultaba la respiración, pero la urgencia de su misión los empujaba a seguir. Se daban la mano constantemente para superar troncos caídos y rocas resbaladizas, protegiéndose mutuamente de cualquier peligro oculto en la espesura. En cada gesto, en cada ayuda compartida, su mirada cómplice dejaba ver que el sentimiento nacido en el barco solo se había fortalecido.

Ya no eran el príncipe y el campesino; eran dos sobrevivientes que dependían el uno del otro para alcanzar lo imposible. Agustín, acostumbrado a los suelos de mármol, se movía ahora con una agilidad sorprendente, guiado por el instinto de libertad. Diego, con la imagen de su hija grabada en el alma, lideraba la marcha con una fuerza que desafiaba a su propio cuerpo agotado. Finalmente, tras horas de ascenso, llegaron a la base de la montaña, donde la vegetación se abría para revelar la entrada de una caverna inmensa.

La entrada de la cueva exhalaba un aire frío que contrastaba con el calor de la selva. Ambos sabían que, según las leyendas que Agustín había leído, en su interior los esperaría el elixir de la vida eterna. Diego tomó una rama seca y la encendió con un par de piedras pedernal que guardaba en su bolsillo, creando una antorcha improvisada que iluminó las paredes de roca húmeda. Se miraron por última vez antes de cruzar el umbral, conscientes de que lo que encontrarían dentro cambiaría sus vidas para siempre.