
Caminaron en silencio, escuchando el eco de sus propios pasos contra el suelo de piedra. La caverna parecía descender hacia el corazón mismo de la tierra, un lugar donde el tiempo se detenía. El príncipe Agustín sentía que cada paso lo alejaba de su pasado y lo acercaba a una verdad que apenas empezaba a comprender. Diego, por su parte, solo podía pensar en el frasco que debía llenar para salvar a su pequeña, rezando a cualquier dios que escuchara para que la fuente aún fluyera con su magia sanadora.

Recorrieron los túneles rocosos del interior de la cueva hasta llegar a una cámara central tan vasta que el techo casi no se podía ver, oculto entre las sombras y las estalactitas. El ambiente estaba cargado de una neblina densa y blanca que se movía a ras del suelo, dándole al lugar un aspecto fantasmal y sagrado. Del otro lado de la inmensa estancia, se podía ver otra entrada que emanaba un resplandor color esmeralda, un brillo tan intenso que atravesaba la niebla como un faro de esperanza.

Ese resplandor era inconfundible; era la fuente del elixir que tanto habían buscado. Sin embargo, mientras caminaban por la neblina, los pies de Diego chocaron con algo sólido y metálico. Al bajar la antorcha, el horror los paralizó: el suelo estaba sembrado con los restos esqueléticos de antiguos piratas y aventureros, sus armaduras oxidadas y sus manos todavía aferradas a espadas rotas. Ambos se miraron con cara de preocupación, preguntándose en silencio qué clase de mal habría sido capaz de terminar con tantos guerreros antes de que pudieran alcanzar la luz.

Justo en ese momento, un rugido ensordecedor que hizo vibrar los cimientos de la montaña resonó en toda la cámara, apagando por un segundo el sonido de sus propios corazones. De entre la niebla espesa, una figura colosal empezó a materializarse, revelando escamas plateadas y ojos que ardían como carbones encendidos. Un gran dragón, el guardián eterno de la fuente sanadora, surgió de las sombras desplegando sus alas con un estruendo de cuero y aire. La bestia los observaba con un hambre antigua, dispuesta a añadir sus huesos a la colección del suelo.


