Agustín y Diego, instintivamente, retrocedieron hacia los restos de los piratas caídos. Sin tiempo para planear una estrategia, ambos tomaron las espadas que estaban junto a los esqueletos, armas que, aunque viejas, aún conservaban un filo mortal. El príncipe Agustín se colocó en posición de combate, recordando cada lección de esgrima que había recibido en el castillo, mientras Diego empuñaba su espada con la fuerza bruta de quien no tiene miedo a la muerte si eso significa salvar a su sangre. Se prepararon para luchar la batalla más difícil de sus vidas.

El dragón empezó a escupir llamaradas de fuego que iluminaban la caverna con una luz infernal, obligándolos a rodar por el suelo para no ser calcinados. La bestia daba zarpazos destructores que hacían saltar astillas de piedra de las paredes, mientras ellos intentaban esquivar sus movimientos y alcanzarlo con sus espadas en los puntos donde las escamas parecían más débiles. Era una danza de muerte desigual; por cada tajo que ellos lograban propinar, el dragón respondía con una furia que los lanzaba por los aires.

En un descuido, con un movimiento rápido de su poderosa cola, el dragón logró golpear a Diego en la pierna. El sonido del hueso rompiéndose fue audible incluso por encima del rugido de la bestia. Diego quedó tumbado en el suelo, gimiendo de dolor e incapaz de levantarse, mientras el dragón se acercaba lentamente a él, saboreando el momento de rematar al intruso. El campesino miró hacia arriba, viendo las fauces abiertas del monstruo, y cerró los ojos pensando que ese sería su final, tan cerca de la salvación de su hija.

Pero Agustín no iba a permitirlo. El príncipe corrió con todas sus fuerzas, ignorando su propia seguridad, y de un salto acrobático logró subirse encima del lomo del dragón aprovechando un pliegue de sus alas.

Con un grito de guerra que no parecía propio de un heredero refinado, clavó su espada con todas sus fuerzas en el cuello de la criatura, hiriéndola gravemente. El dragón bramó de agonía, sacudiéndose violentamente para intentar quitarse al atacante de encima, mientras la sangre de la bestia manchaba las manos de Agustín.

El Dragón, en medio de su dolor y furia ciega, logró finalmente sacarse a Agustín de encima lanzándolo contra una de las columnas de piedra. Antes de que el príncipe pudiera recuperarse, la criatura le clavó una de sus garras afiladas en el pecho, hiriéndolo de muerte.

Agustín cayó al suelo, su sangre mezclándose con la del dragón, mientras la bestia se desplomaba a pocos metros, derrotada pero habiéndose llevado consigo la vida del joven. Diego veía a lo lejos cómo Agustín comenzaba a desangrarse, y un grito de puro dolor desgarró su garganta.