Usando todas sus fuerzas y resistiendo el dolor insoportable de su pierna quebrada, Diego se arrastró por el suelo de piedra hacia el cuerpo de su compañero. El tiempo parecía haberse detenido mientras alcanzaba al príncipe, que respiraba con dificultad y cuyos ojos empezaban a perder el brillo de la vida. Diego lo tomó entre sus manos, acunando su cabeza y llorando con una desesperación que no conocía límites, suplicándole a gritos que no se fuera, que aguantara un poco más ahora que habían vencido al guardián.

—No me dejes, Agustín, por favor —susurraba Diego entre sollozos, mientras las lágrimas caían sobre el rostro del príncipe. El joven intentó sonreír, una última muestra de cariño hacia el hombre que le había enseñado lo que era la libertad y la lealtad verdadera. Pero sus ojos se cerraron y su cuerpo se volvió pesado en los brazos del campesino. Diego, mirando hacia el resplandor esmeralda que seguía brillando al fondo de la cámara, supo que solo había una última esperanza para salvar al hombre que amaba.

Mientras Diego sostenía el cuerpo inerte de Agustín, pudo ver que el resplandor esmeralda estaba a solo unos pocos metros, iluminando la neblina con una intensidad que parecía palpitar al ritmo de un corazón oculto. Con el alma rota por la agonía de su compañero, Diego comprendió que no había tiempo para lamentarse si quería arrebatarle la vida de Agustín a la muerte. Haciendo acopio de una fuerza que desafiaba su propia pierna rota y su agotamiento, alzó a Agustín en brazos, ignorando el dolor punzante que recorría su cuerpo en cada movimiento.

Caminó con paso vacilante, arrastrando su pierna herida por el suelo de piedra mientras Agustín permanecía inconsciente, con el rostro pálido y la respiración casi imperceptible. Cada metro parecía una milla, y el peso del príncipe se sentía como el de todo el reino sobre sus hombros, pero la determinación de Diego era inquebrantable. Con los ojos fijos en la luz verde, cruzó el umbral de la cámara final, sintiendo cómo el aire se volvía más puro y cálido a medida que se acercaba al centro del misterio.

Al llegar al lugar, la espesa niebla que los había perseguido se disipó de golpe, revelando una cueva secreta que parecía un paraíso olvidado por el tiempo. En su interior se encontraba un jardín repleto de vegetación exuberante y flores que brillaban con luz propia. En el centro de este oasis subterráneo se alzaba una fuente tallada en roca viva, de la cual brotaban aguas de un color esmeralda profundo que emanaban un brillo mágico y reconfortante.