Finalmente, el dragón descendió con elegancia y los dejó en un claro a las afueras del castillo, lejos de la vista de los guardias para no causar pánico. Cuando tocaron tierra firme y la bestia emprendió el vuelo de regreso a su isla, Agustín se volvió hacia Diego con cierta incomodidad. Quiso disculparse formalmente por el beso en la fuente, temiendo que el campesino lo viera solo como un momento de debilidad producto del miedo a morir, y comenzó a balbucear palabras de arrepentimiento.

—Con respecto a lo del beso, te quería pedir disculpas, fue un momento de… —empezó a decir Agustín, bajando la vista hacia sus botas desgastadas. Pero fue interrumpido bruscamente por Diego, que no lo dejó terminar la frase. El campesino lo tomó con firmeza entre sus brazos, acortando cualquier distancia social o protocolaria que pudiera quedar entre ellos, y lo besó con una pasión que dejó claro que el sentimiento era absolutamente mutuo y real.

—Fue hermoso ese beso, Agustín —dijo Diego al separarse, mirándolo directamente a los ojos con una sonrisa que disipó todas las dudas del príncipe. Agustín sintió que un peso muerto se desprendía de su corazón; ya no necesitaba esconderse ni pedir perdón por ser quien era. Diego le tomó la mano, entrelazando sus dedos callosos con los del príncipe, y juntos contemplaron las altas torres del castillo que se alzaban en la distancia, sabiendo que el regreso no sería fácil, pero que ya no estarían solos.

—¿Sabes qué? No voy a huir —dijo Agustín con una determinación que sorprendió a Diego. El príncipe miró la fortaleza que antes le parecía una prisión y ahora le parecía un campo de batalla por su propia verdad. —Voy a entrar ahí y voy a enfrentar a mi padre, le diré quién soy y qué es lo que quiero realmente para mi vida —añadió, apretando la mano de Diego con fuerza. Agustín ya no era el joven asustado que quería saltar por las alcantarillas; el viaje lo había convertido en un hombre.

Diego lo miró con orgullo y no pudo evitar soltar una pequeña carcajada para aliviar la tensión del momento. —Seguro que enfrentar al Rey es mucho más fácil que enfrentarse a un dragón gigante en una cueva —bromeó Diego, sacándole una sonrisa a Agustín. Con el frasco del elixir guardado celosamente contra su pecho, Diego se despidió temporalmente de Agustín para correr hacia su cabaña, prometiendo que se volverían a ver muy pronto para cambiar el destino del reino.

