Llegaron a la pequeña consulta del médico, una cabaña que olía a eucalipto y libros viejos, donde el doctor los recibió con un abrazo efusivo. Era un hombre mayor, de espíritu jovial, que no tardó en bromear sobre cómo la escuela finalmente había logrado “cazar” a un turista usando tácticas de guerra con balones.

“Bueno, Alexander, parece que tu cabeza es más dura que la madera de estos bosques”, rió el médico mientras revisaba sus pupilas con una linterna. Juan observaba desde la esquina de la habitación, notando cómo la piel morena de Alexander contrastaba con la blancura de las sábanas de la camilla, sintiendo una fascinación que intentaba ocultar.

Tras confirmar que no había conmoción cerebral, el médico le recomendó descanso y mucha agua, asegurándole que estaría como nuevo al día siguiente. Alexander se bajó de la camilla, y agradeció la atención con la amabilidad natural que parecía ser su marca personal.

“Una última cosa”, dijo Alexander mientras se preparaban para salir, “podrían decirme dónde queda el hotel del pueblo? Me gustaría dejar mis cosas antes de que oscurezca”. Juan y el médico se miraron por un segundo en absoluto silencio antes de estallar en una carcajada simultánea que dejó al viajero confundido.

“Ay, muchacho”, dijo el médico secándose una lágrima de la risa, “el ‘hotel’ más cercano está a tres horas de viaje por un camino que se cierra cuando cae el sol”. Alexander abrió los ojos de par en par, dándose cuenta de que su planificación logística había fallado estrepitosamente en este rincón del mundo.

Juan, viendo la expresión de preocupación en el rostro de Alexander, sintió un impulso de generosidad que no solía ser común en él. El silencio se prolongó un momento mientras el profesor sopesaba sus opciones, sabiendo que no podía dejar a ese hombre a la deriva en medio de la montaña.