Juan sintió un repentino arrebato de audacia que lo sorprendió incluso a él mismo, una calidez en el pecho que superó su timidez habitual. “No puedes quedarte a la intemperie con ese golpe en la cabeza”, dijo con firmeza, mirando directamente a los ojos claros de Alexander. “Ven a mi casa, hablaré con mi madre para que puedas pasar la noche allí”.

Alexander lo miró con una mezcla de sorpresa y gratitud, regalándole una sonrisa que hizo que el profesor tuviera que reacomodarse los anteojos para disimular su nerviosismo. Caminaron de regreso a la escuela, donde la directora ya estaba cerrando las aulas, con su habitual expresión de vigilancia que hacía temblar a los alumnos más traviesos.

Al llegar, Juan tomó aire y llevó a su madre a un costado, iniciando una negociación que sabía difícil debido a la naturaleza desconfiada de la mujer. “Madre, es un viajero educado y está herido por nuestra culpa”, argumentaba Juan en susurros, mientras ella lanzaba miradas de sospecha hacia Alexander, quien esperaba a unos metros de distancia.

Para suavizar el ambiente, Alexander no se quedó de brazos cruzados y se acercó a un grupo de niños que aún esperaban a sus padres. Sacó su guitarra con movimientos lentos y comenzó a rasguear una melodía suave, captando la atención de los pequeños y, de reojo, la de la directora, que suavizó un poco su ceño fruncido.

Mientras Juan seguía insistiendo, Alexander abrió su mochila y sacó una pequeña pila de fotografías instantáneas para mostrárselas a los niños. Les hablaba de desiertos lejanos, de mares de color turquesa y de ciudades que parecían castillos de cristal, convirtiendo el aula de la escuela en un escenario de aventuras.

La madre de Juan observaba la escena desde la distancia, notando cómo la presencia de aquel extraño no traía caos, sino una curiosidad sana y una alegría contagiosa. Alexander, con su carisma natural, parecía estar superando una prueba invisible.

Finalmente, la directora suspiró y se acercó a ellos con los brazos cruzados, imponiendo su autoridad una vez más. “Está bien, Juan, pero no entrará a la casa”, sentenció con una voz que no admitía réplicas. “Puede acampar en el jardín trasero, bajo el gran roble, donde hay tierra firme y sombra”.

Alexander asintió con entusiasmo, agradeciendo la oportunidad con una reverencia juguetona que casi hace reír a la mujer. Sin embargo, la advertencia final fue clara: Juan debía ser el guardián absoluto de la situación y no quitarle los ojos de encima al forastero ni por un segundo durante toda la estancia.

Juan aceptó las condiciones con un alivio evidente, aunque la idea de “no quitarle los ojos de encima” empezaba a cobrar un significado diferente en su mente. Se despidieron de los niños y caminaron hacia la pequeña casa de madera del profesor, situada en la linde del bosque, donde el jardín olía a césped recién cortado y tierra mojada.