
Alexander dejó su mochila en el suelo y estiró sus músculos atléticos, mirando el lugar con satisfacción bajo la luz del atardecer. Juan lo observaba, sintiendo que su vida predecible y rutinaria acababa de recibir una sacudida eléctrica que, aunque lo asustaba, lo hacía sentir más vivo que nunca.

El cielo comenzó a teñirse de violetas y naranjas mientras Juan ayudaba a Alexander a desplegar su tienda de campaña en el césped. Entre estacas y lonas, la charla fluyó con una naturalidad asombrosa; Alexander le contaba anécdotas de campamentos en los Alpes mientras Juan le contaba divertidas anécdotas de sus alumnos.
“Tienes manos de cirujano, Juan”, bromeó Alexander al ver cómo el profesor ajustaba los nudos de la tienda con una precisión milimétrica. Juan sonrió con timidez, sintiendo el roce accidental de sus dedos con los del viajero, una chispa de electricidad que lo obligó a apartar la vista rápidamente hacia las montañas.

Una vez montado el campamento, Alexander miró hacia la puerta de la casa con curiosidad y luego a Juan con una expresión suplicante. “¿Crees que podría entrar un momento? Me vendría bien ducharme y quitarme el polvo del camino”, preguntó con su voz encantadora, desafiando directamente la regla de la directora.
Juan dudó, mirando hacia las ventanas donde su madre seguramente estaba vigilando, pero la mirada de Alexander era difícil de ignorar. “Está bien, entra rápido antes de que ella se dé cuenta”, susurró Juan, guiándolo hacia el interior con el corazón latiéndole con fuerza por la pequeña travesura que estaban cometiendo.

Sin embargo, la suerte no estuvo de su lado, pues apenas cruzaron el umbral, la madre de Juan apareció en el pasillo con el rostro encendido de indignación. “¡Juan! ¿Qué te dije sobre dejarlo entrar?”, exclamó, señalando a Alexander con un dedo acusador mientras este intentaba parecer lo más pequeño posible.

