
El sol de la tarde se filtraba entre las copas de los pinos, bañando el camino de tierra con una luz dorada y vacilante. Alexander caminaba con paso rítmico, sintiendo el peso familiar de su guitarra al hombro y la cámara golpeando suavemente contra su pecho; aquel pueblo, hundido en el silencio de las montañas, parecía el refugio perfecto para su espíritu errante.

De repente, un grito infantil rompió la calma del bosque seguido por un silbido veloz en el aire. Antes de que pudiera girar la cabeza, un balón de cuero impactó de lleno en su sien, apagando las luces de su mundo y enviándolo directamente al suelo alfombrado de hojas secas.


