Cuando Alexander abrió los ojos, lo primero que vio fue un techo de nubes blancas enmarcado por rostros pequeños y curiosos que lo observaban con una mezcla de culpa y asombro. Una mano suave y fresca se posó sobre su frente, y al enfocar la vista, se encontró con unos ojos claros tras unos cristales impecables: era Juan, el profesor del pueblo, que lo miraba con una expresión de serenidad absoluta.

Acompañando al joven de cabello castaño estaba una mujer de porte firme y mirada severa pero amable. “Tranquilo, muchacho, el pequeño Mateo tiene el pie más fuerte que la puntería”, dijo ella con una media sonrisa, mientras los niños retrocedían un paso para darle aire al recién llegado.

Juan ayudó a Alexander a incorporarse, sosteniéndolo por el brazo con una delicadeza que el viajero notó de inmediato a pesar del mareo. “Soy Juan, el maestro de la escuela”, se presentó el joven prolijo, acomodándose los anteojos mientras sus mejillas se teñían de un leve rosa por la cercanía. “Lamento mucho el incidente, el recreo se nos fue de las manos”.

La mujer a su lado se presentó como la directora de la escuela y madre de Juan, extendiendo una mano que Alexander estrechó aún algo aturdido. Los niños, viendo que el “gigante” de la guitarra no iba a morir ni a regañarlos, empezaron a susurrar entre ellos, fascinados por la piel morena y el cabello rizado del forastero.