
“Me llamo Alexander”, logró decir el trotamundos, regalándoles una sonrisa que iluminó su rostro barbado y pareció desarmar la tensión del momento. Su voz, profunda y melódica, hizo que Juan bajara la mirada por un segundo, sintiendo una extraña timidez ante la energía extrovertida que emanaba de aquel hombre atlético y polvoriento.

El pequeño Mateo, el autor del pelotazo, se acercó arrastrando los pies para pedir disculpas, mirando con envidia la guitarra de Alexander. El viajero, lejos de enfadarse, le despeinó el cabello con cariño y le aseguró que en sus viajes había sobrevivido a cosas mucho peores que un balón de fútbol bien pateado.


