
La directora inspeccionó el chichón que comenzaba a asomar en la frente de Alexander y dictaminó que necesitaba una revisión más formal. El pueblo era pequeño, pero las tradiciones de hospitalidad se mantenían firmes, especialmente cuando uno de sus miembros era el responsable del infortunio de un visitante.

“Juan, acompaña al señor a ver al doctor”, ordenó su madre, dando por terminada la reunión improvisada en el patio de la escuela. Juan asintió en silencio, sintiendo una mezcla de responsabilidad y curiosidad mientras se preparaba para guiar a ese extraño tan diferente a cualquiera que hubiera visto en su vida.

Caminaron por la calle principal, una hilera de casas de madera con jardines repletos de flores silvestres que parecían saludar al pasar. Juan caminaba con las manos en los bolsillos, manteniendo una distancia respetuosa, mientras Alexander no dejaba de admirar el paisaje, levantando su cámara de vez en cuando para capturar la esencia del lugar.

“Es un pueblo muy tranquilo, como verás”, comentó Juan con su voz pausada y educada, intentando romper el hielo. Alexander asintió, respirando el aire puro de la montaña y sintiendo que, por alguna razón, el ritmo pausado de este sitio encajaba perfectamente con su guía.

Juan le explicó que la mayoría de la gente vivía de la madera o de las pequeñas granjas familiares, y que el tiempo allí parecía correr a una velocidad distinta. “Aquí todos nos conocemos, Alexander; las noticias vuelan más rápido que los pájaros en primavera”, añadió con una pequeña risa contenida que a Alexander le pareció encantadora.

El viajero escuchaba fascinado, contrastando esa paz con el bullicio de las grandes urbes que había visitado en los últimos meses. Le contó brevemente a Juan que llevaba años recorriendo el mapa, buscando historias en su lente y canciones en cada rincón, algo que el joven profesor parecía encontrar casi heroico.

