Pero la preocupación de la mujer tomó un rumbo inesperado: “Si va a usar el baño, entrarás con él”, ordenó ella de forma disparatada. Su miedo no era por la integridad de su hijo, sino por sus preciadas cremas faciales importadas; estaba convencida de que el trotamundos podría sentir la tentación de robar sus elixires de belleza.

Juan se quedó petrificado, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza mientras su madre lo empujaba hacia el cuarto de baño junto a Alexander. Nunca imagino terminar en esa situación, con él, el profesor de la escuela, tan correcto y tímido, encerrado en un espacio reducido con un atlético desconocido que comenzaba a quitarse la ropa frente a él.

Alexander, lejos de molestarse, soltó una carcajada vibrante que rompió el hielo de la situación incómoda. “Bueno, Juan, espero que seas un guardia muy estricto”, dijo con picardía, mostrando su torso moreno y trabajado mientras el vapor del agua caliente empezaba a llenar la pequeña habitación.

Juan se sentó en la tapa del inodoro, dándole la espalda a la cortina de la ducha para respetar la privacidad del otro, aunque sus oídos captaban cada sonido. Con el paso de los minutos y la actitud relajada de Alexander, la tensión se disipó y comenzaron a hablar a través de la cortina, compartiendo risas sobre la excentricidad de la directora.

Finalmente, cuando Alexander se sumergió en la bañera para relajar sus músculos, Juan se sintió lo suficientemente cómodo como para girarse y seguir la charla cara a cara. Allí, entre el vapor y el aroma a jabón, descubrió que podía hablar con Alexander de cosas que nunca antes había confiado a nadie en su pacífico y pequeño pueblo.