
A la mañana siguiente, el pueblo se despertó bajo un cielo despejado que invitaba a caminar, y Juan decidió llevar a Alexander a conocer su rincón favorito. Caminaron un par de kilómetros hasta llegar a la granja del abuelo de Juan, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido entre frutales y cercas de madera.

El abuelo, un anciano de manos curtidas y sonrisa pícara, los recibió con alegría, aceptando de inmediato la ayuda de aquel joven moreno y fuerte. Alexander se quitó la camisa, dejando ver su físico atlético bajo el sol, y comenzó a trabajar en la jardinería con una energía que dejó al abuelo gratamente impresionado.

Juan se encargaba de las tareas más ligeras, como alimentar a los animales y podar las flores, pero su mirada se desviaba constantemente hacia donde estaba Alexander. Lo veía reír con su abuelo, cargando pesadas bolsas de tierra o arreglando una valla rota con una destreza que parecía natural en él.
La complicidad entre ambos crecía con cada hora que pasaba en la granja, compartiendo bromas privadas y miradas cómplices que el abuelo observaba con curiosidad. Alexander parecía encajar perfectamente en ese entorno rural, aportando una vitalidad que el profesor encontraba absolutamente fascinante y necesaria.


