Después de un almuerzo bajo la sombra de un nogal, decidieron que el calor de la tarde era la excusa perfecta para visitar el lago del pueblo. Alexander cargó su cámara y su toalla, caminando junto a Juan mientras este le contaba historias sobre las leyendas de las aguas cristalinas que se escondían entre los pinos.

Al llegar a la orilla, se encontraron con Laura y Marta, dos amigas de la infancia de Juan que solían pasar sus tardes allí chismeando y tomando sol. Las chicas quedaron petrificadas al ver al acompañante de Juan, cuya belleza exótica y presencia imponente eran algo nunca antes visto en aquellas latitudes.

Laura y Marta no tardaron en desplegar sus tácticas de seducción, acercándose a Alexander con risas exageradas y preguntas indiscretas sobre sus viajes. Intentaron llamar su atención de todas las formas posibles, pero Alexander, aunque educado y amable, mantenía una distancia cortés que las dejaba desconcertadas.

Él solo tenía ojos para el paisaje y para Juan, a quien buscaba con la mirada cada vez que las chicas se ponían demasiado intensas. Juan, por su parte, sentía una mezcla de orgullo y alivio al ver que el viajero no parecía interesado en las atenciones de sus amigas, prefiriendo la calma de su compañía.

Finalmente, Alexander se lanzó al agua con un salto limpio, nadando con brazadas potentes que cortaban la superficie cristalina del lago. Juan se quedó en la orilla, sentado sobre una roca, incapaz de apartar la vista de la figura de Alexander que jugaba en el agua, salpicando y riendo como un niño.

Observarlo nadar, con el sol reflejándose en sus hombros mojados y su pelo rizado goteando, provocó en Juan una admiración profunda y silenciosa. Se dio cuenta de que lo que sentía ya no era simple curiosidad por un extraño, sino algo mucho más profundo que empezaba a dolerle de lo mucho que le gustaba.