
Esa noche, el pueblo se vistió de fiesta para el baile comunal en el viejo galpón de madera, iluminado por hileras de bombillas amarillas que colgaban del techo. Al principio, la atmósfera era de pura alegría; Alexander se movía por el lugar con una confianza que atraía todas las miradas.
Juan, un poco más rígido, observaba cómo Alexander se lucía en la pista, adaptando sus pasos a la música folclórica con una gracia natural. Las mujeres del pueblo, desde las más jóvenes hasta las ancianas, lo miraban con una mezcla de fascinación y anhelo, cautivadas por su sonrisa y su energía vibrante.

Sin embargo, ese magnetismo no tardó en generar un murmullo oscuro entre un grupo de hombres locales que, apoyados en la barra, bebían cerveza con recelo. El alcohol empezaba a enturbiar sus juicios, y ver a ese forastero acaparar la atención de todas las chicas despertó en ellos un resentimiento territorial y amargo.
Juan notó el cambio en el aire, esa tensión eléctrica que precede a las tormentas, e intentó acercarse a Alexander para sugerirle que se retiraran. Pero antes de que pudiera llegar, uno de los hombres más corpulentos se interpuso en el camino del viajero, soltando un insulto que hizo que la música se detuviera de golpe.

“Parece que este pajarito de ciudad se cree mucho”, gritó el hombre, empujando a Alexander con brusquedad mientras sus amigos lo rodeaban en un círculo hostil. Alexander mantuvo la calma, alzando las manos en un gesto de paz, pero su actitud relajada fue interpretada como una burla por los atacantes envalentonados.
La discusión escaló rápidamente entre gritos y acusaciones de “querer robarse a las mujeres del pueblo”, a pesar de que Alexander no había hecho más que bailar amablemente. Juan gritaba pidiendo orden, pero su voz se perdió en el estruendo de una silla que volaba y el inicio inevitable de una pelea generalizada.

En medio del caos, un puñetazo certero impactó en el rostro de Alexander…

