Al ver sangre en el labio de Alexander, el grupo de hombres pareció asustarse de su propia violencia, permitiendo que el círculo se rompiera mientras Alexander, herido y digno, decidía abandonar el lugar.

Juan no lo dudó ni un segundo y salió corriendo detrás de él. Cruzó el umbral de la fiesta con el corazón en la boca, buscando la silueta de Alexander que se alejaba a paso rápido por el camino oscuro que conducía hacia la casa.
“¡Alexander, espera!”, gritó Juan, alcanzándolo bajo la luz de la luna mientras el sonido de la música lejana se volvía un eco triste. El viajero se detuvo, limpiándose la sangre con la punta de sus dedos y respirando con dificultad, con una expresión que mezclaba la rabia con una profunda decepción.
Juan intentó tocarle el brazo para consolarlo, pero Alexander se apartó suavemente, no por enojo con él, sino por la humillación de la situación. Caminaron el resto del trayecto en un silencio sepulcral, solo roto por el crujir de las ramas y el latido acelerado de un profesor que temía que este fuera el fin de su breve sueño.

Ya en la seguridad de la casa, Juan sentó a Alexander en la cocina y comenzó a curarle la herida del labio con mano temblorosa pero dedicada. El silencio era denso, interrumpido solo por el tintineo de la gasa y el antiséptico, mientras Alexander mantenía la mirada fija en un punto indefinido de la mesa de madera.

“Lo siento tanto, Alexander, este pueblo puede ser muy cerrado a veces”, susurró Juan, sintiendo una culpa inmensa por el comportamiento de sus vecinos. Alexander soltó un suspiro pesado y finalmente lo miró a los ojos, con una chispa de frustración que parecía ir más allá del dolor físico del golpe.
“¿Sabes qué es lo que más me enfurece de todo esto?”, dijo Alexander con voz ronca, dejando que Juan terminara de limpiar su labio con un algodón. “Que esos tipos me golpearan por celos, pensando que yo estaba intentando seducir a sus mujeres, cuando la realidad no podría estar más lejos de eso”.

Juan se quedó quieto, con el algodón todavía en la mano, esperando una explicación que no sabía si estaba preparado para escuchar. Alexander tomó aire y, con una honestidad brutal que pareció iluminar la cocina, soltó la frase que cambiaría todo: “Me golpearon por nada, Juan, ni siquiera me gustan las mujeres”.

Ante esa declaración, Juan se quedó asombrado, sintiendo que el mundo a su alrededor se detenía por completo.

