Alexander continuó, ganando confianza: “Al único que he estado intentando seducir desde que llegué, el único que me importa aquí, eres tú”.

La confesión fue como un rayo en medio de la noche; Alexander admitió que se moría de ganas de besarlo desde aquel primer encuentro en el bosque. Juan, abrumado por una mezcla de terror y una alegría que nunca se había permitido sentir, dejó caer el botiquín y simplemente se dejó llevar por la mirada del viajero.

Alexander se levantó y acortó la distancia, tomando el rostro de Juan entre sus manos grandes y cálidas con una ternura infinita. Se fundieron en un beso apasionado, un encuentro de labios que sabía a urgencia, a verdad y a años de deseos reprimidos que finalmente encontraban una vía de escape.

En la intensidad del momento, comenzaron a quitarse la ropa con manos ávidas, sintiendo la piel del otro por primera vez sin barreras ni miedos. El calor de sus cuerpos contrastaba con el frío de la noche montañesa, y por un instante, Juan sintió que finalmente había encontrado su lugar en el universo.

Pero justo cuando la pasión alcanzaba su punto más alto, una luz blanca y cegadora lo envolvió todo y el sonido del despertador empezó a filtrarse en la conciencia de Juan. Abrió los ojos de golpe, encontrándose solo en su cama, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.

Se incorporó, tocándose los labios que aún parecían conservar el calor de Alexander, solo para darse cuenta de la amarga realidad: todo había sido un sueño.