Juan saltó de la cama con el corazón todavía acelerado, quizás la parte de los besos había sido solo un sueño, pero la confesión de Alexander no, tenía tantas preguntas para hacerle. Corrió hacia el jardín, pero la tienda de campaña estaba cerrada y silenciosa; al asomarse, descubrió que las pertenencias de Alexander ya no estaban allí.

El pánico se apoderó de él mientras recorría las calles del pueblo, preguntando a los pocos vecinos que madrugaban si habían visto al viajero de la cámara. Nadie sabía nada; parecía que Alexander se había esfumado con la primera luz del alba, dejando tras de sí solo el rastro de una ausencia dolorosa.

Pasó el día como un alma en pena, recorriendo la escuela, el lago y la granja de su abuelo, sintiendo que cada rincón del pueblo le gritaba el nombre del ausente. El sol comenzaba a descender, tiñendo el horizonte de un rojo herido, cuando Juan recordó un lugar especial: el acantilado que miraba hacia el valle.

Subió la cuesta jadeando, con los anteojos resbalando por su nariz, hasta que finalmente vio una silueta recortada contra el abismo. Alexander estaba allí, sentado en el borde, con la mirada perdida en la inmensidad, luciendo más pequeño y vulnerable de lo que Juan jamás hubiera imaginado.