Al regresar a la casa, el cielo se cerró de golpe y una gran tormenta comenzó a rugir sobre las montañas, con truenos que hacían vibrar los cristales. Alexander le habla contado que en la mañana debería marcharse, así que Juan, ignorando por completo las posibles quejas de su madre, invitó a Alexander a subir a su habitación para protegerse del vendaval que amenazaba con volar la tienda.

Pasaron las horas chalando y riendo, esta vez con una intimidad y confianza renovada, la de aquellos que se reconocen iguales y a la vez tan distintos al resto.

A medida que la lluvia golpeaba con más fuerza contra el techo, la tensión romántica en la habitación se volvía casi tangible, una fuerza eléctrica que los atraía. Juan no podía dejar de mirar los labios de Alexander mientras este hablaba, deseando que el tiempo se detuviera y la tormenta durara una eternidad.

El viajero notó la fijeza de la mirada de Juan y comenzó a acercarse con una suavidad que hizo que el profesor contuviera el aliento. “¿Alguna vez has besado a un hombre, Juan?”, preguntó Alexander con una curiosidad cargada de ternura, acortando el espacio que los separaba.

Juan bajó la mirada por un segundo, sintiendo el calor subir por su cuello, y respondió con total sinceridad que nunca se había atrevido a hacerlo. Alexander le ofreció su mano y, con una voz que era pura seda, le propuso ser él quien le enseñara cómo se sentía el beso de un hombre.

Juan aceptó sin dudarlo, y lo que siguió fue el encuentro más dulce de sus vidas. Se dieron un beso corto, luego otro más largo, y un tercero que selló un pacto de piel y alma; la timidez de Juan se disolvió bajo la guía experimentada y cariñosa de Alexander.

Pasaron toda la noche refugiados el uno en el otro, explorando el lenguaje de los besos mientras afuera los rayos iluminaban la habitación en ráfagas de luz blanca. No hubo necesidad de más palabras; sus cuerpos hablaban por ellos, encontrando un ritmo perfecto que desafiaba el frío y la incertidumbre del mañana.

En algún momento de la madrugada, el cansancio los venció y se quedaron dormidos abrazados, formando una sola silueta bajo las mantas pesadas de Juan. Alexander, antes de cerrar los ojos, tomó su cámara instantánea y capturó ese momento de paz absoluta, una prueba física de que no eran un sueño.

A la mañana siguiente, Juan despertó con el primer rayo de sol filtrándose por la ventana, pero el lado de la cama junto a él estaba frío y vacío. Sintió una opresión en el pecho, pensando que Alexander se había marchado sin decir adiós, hasta que notó un objeto cuadrado descansando sobre su piel.

Era la fotografía instantánea que Alexander había tomado mientras dormían, una imagen de ellos dos entrelazados, pura y real. Al darle la vuelta, Juan leyó la caligrafía firme del viajero escrita con marcador: “Gracias por los besos”. Una lágrima resbaló por su mejilla, marcando el inicio de una espera que no estaba dispuesto a soportar.