Juan llegó a Costa Azul en una mañana nublada, y el impacto de la urbe lo dejó sin aliento; el ruido del tráfico y la marea de gente eran abrumadores. Comparado con su pueblo silencioso, este lugar parecía un monstruo de cemento y luces de neón que amenazaba con devorarlo.

Caminó por la costanera, sintiendo el olor a sal por primera vez en su vida, mientras buscaba frenéticamente entre los rostros de los transeúntes. Cada hombre con barba o cabello rizado hacía que su corazón diera un vuelco, solo para descubrir con desilusión que ninguno de ellos era su Alexander.
Pasaron las horas y la noche empezó a caer sobre la ciudad, volviendo las calles más frías y los callejones más oscuros para alguien que no conocía el ritmo de la metrópoli. Juan se sentía pequeño, un campesino perdido en un laberinto de asfalto, cargando un equipaje que cada vez pesaba más y una esperanza que empezaba a flaquear.

Rendido por el cansancio y la soledad, se sentó en un escalón y escondió el rostro entre las manos, dejando que las lágrimas fluyeran libremente. “¿Qué estoy haciendo aquí?”, se preguntó en voz alta, sintiéndose un iluso por creer que el amor sería suficiente para encontrar a alguien en semejante caos.
Justo cuando estaba por darse por vencido, una ráfaga de perfume dulce y el sonido de tacones altos golpeando el pavimento lo obligaron a levantar la vista. Ante él aparecieron tres figuras espectaculares, envueltas en lentejuelas, plumas y pelucas de colores imposibles que desafiaban la oscuridad de la noche.

Eran un grupo de Drag Queens que regresaban de un show, y al ver al joven de anteojos llorando desconsoladamente, no dudaron en detenerse. “¿Qué pasa, cariño? ¿Quién te rompió el corazón en esta ciudad tan ingrata?”, preguntó la más alta, cuya sombra de ojos brillaba más que las estrellas del pueblo.

