Juan, aunque inicialmente asustado por sus apariencias extravagantes, sintió una bondad genuina en sus voces que lo impulsó a compartir su historia. Les habló de la escuela, del pelotazo de Mateo, de la noche de tormenta y de su búsqueda desesperada de un fotógrafo llamado Alexander.

Las Drags escuchaban con atención, conmovidas por la pureza del relato de aquel joven que parecía haber salido de un cuento antiguo. “Ay, mi amor, has venido desde muy lejos por un par de ojos claros”, dijo una de ellas mientras le ofrecía un pañuelo de seda para secarse las lágrimas.
Con una sonrisa pícara, las reinas le explicaron que en una ciudad tan grande, la suerte a veces necesita un empujoncito. “Si tu hombre es quien dices que es, probablemente lo encontremos en el festival del orgullo LGBT que se celebra esta semana”, sentenciaron con total seguridad.
Juan no sabía lo que era un “festival del orgullo”, pero la determinación de sus nuevas amigas le devolvió la fe que había perdido en el camino. Se levantó del suelo, sacudiendo su camisa, y aceptó la invitación de acompañarlas, sintiendo que su aventura acababa de dar un giro hacia lo desconocido.

Caminaron juntos por la avenida principal, formando un grupo de lo más pintoresco: el profesor rural de cabello largo y anteojos rodeado de divas de metro noventa. Las Drags no paraban de bromear con él, burlándose con cariño de su lenguaje educado y su asombro ante las luces de la ciudad, haciéndolo reír por primera vez en días.
Juan estaba fascinado; nunca había visto gente tan libre, tan auténtica y tan orgullosa de ser quien era en su pequeño pueblo. Mientras se dirigían hacia la costa, donde la música del festival empezaba a resonar, Juan sintió que, gracias a ellas, estaba un paso más cerca de recuperar la fotografía que la realidad le había arrebatado.
El trayecto hacia el festival fue una explosión de sensaciones para Juan, quien caminaba protegido por el aura vibrante de sus nuevas compañeras. Las Drag Queens, con sus tacones tan ruidosos como sus risas, le explicaban con paciencia de qué se trataba aquella celebración: un grito de libertad que Juan nunca se había atrevido a dar en su propia tierra.
“No te preocupes, profesorcito, entre tantas plumas y purpurina vamos a encontrar a tu fotógrafo”, decía la líder del grupo mientras le acomodaba el cuello de la camisa. Juan se sentía como un explorador en un planeta nuevo; aunque ellas se burlaban de su ingenuidad pueblerina, lo hacían con una ternura que le recordaba a la calidez de su propio abuelo.

Al llegar a la playa, el espectáculo era abrumador: una marea de gente diversa bailaba bajo una lluvia de luces de colores, con la música vibrando en la arena y el mar rugiendo de fondo. Había banderas de arcoíris por todos lados, y Juan sintió un nudo en la garganta al comprender que no estaba solo en el mundo, que existían miles como él.
Las Drags se despidieron con besos sonoros en las mejillas y unas últimas palabras “Ojalá encuentres a tu hombre ,bonito”. “Y sino te buscas otro, que aquí hay muchos” soltaron entre risas. Juan se quedó solo en medio de la multitud, respirando el aire salino y dejando que la corriente de gente lo arrastrara hacia el centro de la fiesta nocturna.

