Juan caminaba con la mirada fija, escaneando cada rostro con una desesperación que le hacía ignorar el cansancio de sus piernas. Veía a parejas de hombres tomados de la mano, a chicas besándose con libertad y a personas que expresaban su identidad sin un ápice de miedo, algo impensable en las calles de su pueblo.

El asombro se mezclaba con la nostalgia; cada risa que escuchaba le recordaba a la de Alexander, y cada flash de cámara que veía a lo lejos le hacía correr con la esperanza de encontrar al dueño de sus suspiros. La fiesta era un caos hermoso, un refugio de colores donde Juan, por primera vez, no sentía que sus anteojos fueran un escudo contra el juicio ajeno.

De repente, a lo lejos, cerca de un escenario improvisado sobre la arena, vio un brillo familiar: la lente de una cámara capturando el movimiento de la gente. El corazón de Juan dio un vuelco violento cuando reconoció la postura atlética y los rizos oscuros que tanto había extrañado en sus noches de soledad.

Era él. Alexander estaba allí, trabajando entre la multitud, pero su expresión no era la del hombre radiante que Juan recordaba. Se veía cansado, con la mirada puesta en su trabajo pero con un toque de melancolía que sugería que su mente estaba en otro lugar, quizás a cientos de kilómetros de distancia, en una escuela rural.

Juan empezó a abrirse paso entre la gente, gritando el nombre de Alexander, pero la música alta ahogaba su voz y la marea de cuerpos lo empujaba en dirección contraria. Estaba a solo unos metros, podía ver el brillo de sus ojos claros bajo la luz de los focos, y sintió que el aire le faltaba ante la inminencia del reencuentro.

Sin embargo, justo cuando estaba por alcanzarlo, una figura se interpuso en su camino, ocultándole la visión por un segundo. Juan se apuró a rodear el obstáculo, pero lo que vio al otro lado hizo que sus pies se clavaran en la arena y el mundo se desmoronara bajo sus pies en un instante de puro dolor.