“Soy un tonto, un iluso”, se recriminó Juan entre sollozos, dándose la vuelta para huir de la playa lo más rápido posible. Corrió hacia la oscuridad de la costa, tropezando con sus propios pies y sintiendo que las lágrimas empañaban sus anteojos hasta dejarlo casi ciego ante la inmensidad de su desilusión.

Alexander, tras empujar al desconocido con indignación y limpiarse los labios con asco, captó por el rabillo del ojo una silueta que conocía mejor que a su propia cámara. “¡Juan!”, gritó con todas sus fuerzas al reconocer el cabello castaño y la figura prolija de su maestro, lanzándose a correr tras él a través de la arena.

Finalmente, Alexander logró alcanzarlo cerca de la orilla, donde el agua lamía la arena con suavidad y el ruido de la fiesta se volvía un murmullo lejano. Sujetó a Juan por el brazo y lo obligó a girarse, encontrándose con un rostro bañado en lágrimas y una mirada cargada de reproche y dolor.

“¡Suéltame! ¡Vuelve con él!”, gritaba Juan, intentando zafarse con una fuerza nacida de la rabia, pero Alexander lo sostuvo con firmeza, impidiendo que escapara. La discusión fue apasionada y ruidosa, llena de malentendidos y verdades gritadas al viento, mientras el mar de fondo era testigo de su angustia.

“¡Fue él! ¡Él me besó a la fuerza! ¡Ni siquiera lo conozco! ¡Yo solo pienso en ti, Juan!”, exclamó Alexander, logrando finalmente que Juan se detuviera y lo mirara a los ojos. En medio de la playa solitaria, bajo la luz de las estrellas, las dudas se disolvieron y ambos terminaron declarándose su amor en una mirada que pareció detener el tiempo.

Se besaron con una pasión que borró todo el dolor de los días de ausencia, fundiéndose en un encuentro que sabía a sal y a perdón. El mar acariciaba sus pies mientras ellos se juraban que nunca más dejarían que la distancia o los miedos los separaran, celebrando su propio orgullo bajo el cielo infinito de Costa Azul.