Un año después, el pequeño pueblo entre las montañas ya no era el mismo lugar silencioso de antes, pues la música de Alexander llenaba ahora los pasillos de la escuela. Los dos hombres se mudaron a una pequeña cabaña cerca del bosque, donde las paredes estaban decoradas con las fotografías de sus viajes y los libros de Juan.

Alexander se convirtió en el profesor de música más querido por los niños, enseñándoles que el mundo es un lugar vasto pero que el hogar se encuentra donde está el amor. La madre de Juan y su abuelo los visitaban a menudo, disfrutaban verlos enamorados y felices.

Juan seguía siendo el profesor educado y correcto de siempre, pero ahora había una seguridad en su paso y un brillo en su mirada que antes no existían. Cada tarde, al terminar las clases, Alexander lo esperaba en la puerta de la escuela con su cámara lista para capturar la sonrisa de su esposo bajo la luz dorada de la montaña.

Vivieron juntos y enamorados, demostrando que incluso en el rincón más escondido del mundo, el amor verdadero siempre encuentra la forma de florecer.

Fin.