En esa cabaña vivía Matilde, una joven bruja de ojos curiosos y amiga de la infancia de Diego, que al escucharlos entrar dijo con una sonrisa enigmática: —Los estaba esperando. Sin embargo, al darse la vuelta y ver la figura elegante de Agustín, su asombro fue tan genuino que dejó en evidencia que su frase anterior era solo una mentira para parecer más sabia. —¡Por todos los cielos! —exclamó ella, dejando caer un manojo de hierbas—. No esperaba que el invitado fuera un miembro de la familia real.

—¿No era que nos estabas esperando? —dijo Diego entre carcajadas, disfrutando de la reacción de su amiga y del desconcierto del príncipe. Matilde se recuperó rápidamente del impacto y saludó a Agustín con una inclinación de cabeza menos formal de lo que el protocolo exigiría, pero llena de amabilidad. Diego se puso serio y explicó la situación: necesitaban una poción poderosa para cambiarle el aspecto al príncipe, pues este quería salir de aventura y cruzar el mar sin que nadie en el reino lo reconociera por su rostro.

Matilde accedió de inmediato a ayudarlos, movida por la lealtad hacia Diego y la curiosidad por el joven noble que parecía tan fuera de lugar en su cabaña de madera. Comenzó a preparar la pócima en un caldero de bronce, lanzando puñados de polvos brillantes y raíces secas mientras el fuego crepitaba con colores inusuales. Mientras mezclaba los ingredientes, hablaba entre susurros con Diego en un rincón de la habitación, preguntándole por la salud de su hija y lamentándose por no haber podido encontrar ella misma una cura para la extraña enfermedad.

Diego le contó a Matilde todo lo que había sucedido en los últimos días: su incursión fallida, el encuentro con Agustín en el dormitorio y el descubrimiento del mapa secreto en el despacho del Rey. Le explicó el plan que habían trazado juntos y cómo el príncipe lo guiaría hasta el lugar exacto donde conseguirían el elixir para salvar a la pequeña. Matilde escuchaba con atención, mirando de reojo al príncipe, quien observaba con fascinación los frascos llenos de ingredientes extraños que adornaban las paredes de la cabaña.

Finalmente la poción estuvo lista, un líquido de color violeta que burbujeaba suavemente en una pequeña botella de cristal. Se la dieron al príncipe, el cual estaba visiblemente aterrado ante la idea de ingerir algo fabricado en un bosque, pero estaba dispuesto a seguir con su plan a cualquier costo. Agustín tomó aire, cerró los ojos y bebió la pócima de un solo trago, sintiendo un calor súbito que recorría cada rincón de su cuerpo, desde la punta de los pies hasta la raíz de su cabello.

Al tomarla, su apariencia empezó a cambiar de manera asombrosa ante los ojos de Diego y Matilde; sus rasgos finos se ensancharon ligeramente, el color de su piel se volvió más curtido y sus ojos perdieron ese brillo aristocrático para volverse comunes. En pocos segundos, sus rasgos pasaron a ser los de un hombre común y corriente, alguien que podría pasar por un mercader o un marinero en cualquier puerto del mundo sin llamar la atención. Agustín se tocó la cara con sorpresa, sintiendo que sus pómulos ya no eran los mismos.

Matilde les advirtió una cosa muy importante antes de dejarlos marchar: el hechizo era poderoso pero frágil, y se rompería inmediatamente si alguien tocaba a Agustín de forma directa, piel con piel. —Mucho cuidado con eso —insistió la bruja con gravedad—, pues si el contacto físico ocurre, la magia se desvanecerá y volverá a ser el príncipe a la vista de todos. Diego y Agustín asintieron con seriedad, prometiendo ser cuidadosos mientras se despedían de Matilde y emprendían su viaje mientras el sol empezaba a asomar tímidamente por el horizonte.