Agustín y Diego recorrieron las calles del pueblo una vez más, pero esta vez lo hacían a plena luz del día, mezclándose con la gente que comenzaba su jornada laboral. El príncipe miraba con fascinación y curiosidad las vidas de los aldeanos, observando cómo los panaderos sacaban el pan caliente y cómo los herreros golpeaban el metal. Nunca había estado tan cerca de la plebe en su estado natural, sin desfiles ni alfombras rojas de por medio; todo le resultaba nuevo, vibrante y fascinante, como si estuviera viendo el mundo en colores por primera vez.

Mientras se dirigían al puerto, Agustín se sentía maravillosamente libre bajo su nueva identidad, disfrutando del anonimato que la poción de Matilde le proporcionaba. Diego lo guiaba con destreza por los barrios más concurridos, manteniendo siempre una distancia prudencial para evitar que cualquier transeúnte chocara accidentalmente con el príncipe y rompiera el hechizo. El olor a salitre y a brea comenzó a inundar el aire, indicando que el muelle estaba cerca y con él, la siguiente etapa de su peligrosa travesía hacia lo desconocido.

Al llegar al puerto, el bullicio era ensordecedor: gritos de estibadores, chirridos de poleas y el graznido de las gaviotas llenaban el ambiente. Se dirigieron directamente a un bar de aspecto rudo y desgastado cerca del muelle, un lugar en donde Diego decía que podrían encontrar a un viejo amigo que los podría ayudar a cruzar el mar. Agustín sentía un nudo en el estómago; a pesar de su disfraz, la idea de entrar en un antro frecuentado por gente de mar lo ponía nervioso, pero confiaba plenamente en el juicio del campesino.


