Al entrar, la luz era escasa y el aire estaba cargado de humo de tabaco y el olor rancio de la cerveza barata. Agustín pudo ver que el bar estaba lleno de piratas y marineros de mala vida, con rostros curtidos por el sol y cicatrices que hablaban de mil batallas. Ver a hombres con parches en los ojos y espadas al cinto lo hizo estremecerse de miedo, haciéndole comprender que el mundo fuera del castillo no solo era fascinante, sino también extremadamente peligroso para alguien que no sabía defenderse en la calle.

Diego caminó con paso firme por el lugar, ignorando las miradas de sospecha de los presentes, mientras Agustín lo seguía de cerca tratando de imitar la postura de un hombre curtido. El campesino buscaba con la mirada a alguien en particular, un capitán que supiera navegar por las aguas prohibidas que llevaban a la isla del elixir.

Diego se detuvo frente a un hombre de espalda ancha que bebía solo, ignorando el caos que lo rodeaba. Sin decir palabra, Diego se sentó frente a él, haciendo una señal a Agustín para que hiciera lo mismo. El hombre no levantó la vista de su jarra de cerveza, pero Agustín pudo notar cómo su mano se cerraba con fuerza sobre el mango de un cuchillo que descansaba sobre la mesa, esperando el momento justo para reaccionar.

Valerius permanecía en silencio en la penumbra con su porte serio e intimidante, Pero al levantar la vista y ver a Diego con claridad bajo la luz de un candil cercano, en su cara de rasgos duros se dibujó una gran sonrisa que transformó por completo su expresión amenazante en una de camaradería.

—¡Amigo mío! ¡Cuánto tiempo sin verte! —exclamó Valerius con una voz atronadora que hizo vibrar las jarras de la mesa—. ¿Qué te trae por aquí después de tantos años de silencio? El capitán abrazó a Diego con tal fuerza que los pies del campesino casi se despegaron del suelo, mientras los demás piratas relajaban su postura al ver que los intrusos eran bienvenidos por su líder. Agustín observaba la escena con ojos muy abiertos, asombrado por la red de contactos que un simple trabajador de la tierra podía poseer.

Diego le correspondió el abrazo con la misma calidez, aunque sus ojos reflejaban la urgencia de su situación. Valerius hizo una seña a sus hombres para que volvieran a sus asuntos y les ofreció asiento a los dos viajeros, pidiendo una ronda de ron para celebrar el reencuentro. El capitán miró con curiosidad a Agustín, quien intentaba mantener la mirada baja para no delatarse, pero Valerius solo vio en él a otro joven aventurero bajo la protección de su viejo compañero.

Diego no perdió el tiempo con formalidades innecesarias y le mostró entonces el mapa que Agustín había sacado del despacho real. Con voz baja para no ser escuchado por oídos indiscretos, le habló de su hija, de la enfermedad que la consumía y de la única esperanza que residía en el elixir de la isla lejana. Agustín escuchaba cómo Diego omitía cuidadosamente su verdadera identidad, presentándolo simplemente como un guía que lo ayudaba a descifrar los antiguos secretos del mapa.

El pirata escuchó la historia con atención, pasando sus dedos callosos sobre los trazos del pergamino real con una reverencia que Agustín no esperaba de un forajido. Valerius, a pesar de su reputación sangrienta, era un hombre que valoraba la lealtad y el amor familiar por encima del oro. Conmovido por la historia de su viejo amigo y por la audacia de la misión, el capitán golpeó la mesa con el puño y decidió ayudarlos en su travesía, prometiendo que esa misma tarde partirían en su barco hacia el horizonte.