Ya en altamar, el príncipe Agustín contemplaba el atardecer desde la popa con una expresión melancólica que no podía ocultar ni con su disfraz mágico. La brisa del mar acariciaba su rostro, ahora diferente por la pócima, y el sonido del agua golpeando el casco le proporcionaba un ritmo hipnótico para sus pensamientos. Se sentía como una hoja arrastrada por la corriente, lejos de los muros de piedra que habían definido su existencia desde el día en que nació.

Diego se le acercó lentamente, respetando el silencio del joven noble hasta que estuvo a su lado. —Es un mundo grande, ¿verdad? —comentó el campesino con suavidad, mirando también el horizonte donde el cielo se fundía con el agua en tonos púrpuras. Diego comenzó a hablar con él sobre el futuro, preguntándole qué haría después de llegar a la isla y conseguir el elixir, a dónde iría una vez que la misión terminara y cuál era su verdadero plan una vez que recuperara su libertad.

El príncipe le respondió con sinceridad que todavía no conocía su destino final, pues nunca se había permitido soñar con un mañana que no estuviera escrito por sus padres. Solo sabía con una certeza absoluta que no volvería nunca más al castillo, prefiriendo la incertidumbre del mar o la pobreza de los caminos antes que el cautiverio de un trono que no deseaba. Diego lo escuchaba con una paciencia infinita, notando cómo el joven príncipe comenzaba a despojarse de las capas de protocolo que lo asfixiaban.

Diego siguió indagando con cuidado, movido por una empatía que trascendía las clases sociales. Podía notar en cada gesto de Agustín que el príncipe guardaba una tristeza enorme en su corazón, un peso que no tenía que ver con el miedo al mar, sino con una herida interna profunda. Su espíritu noble de campesino no podía evitar querer resolver el enigma de aquel joven que, teniendo el mundo a sus pies, parecía el hombre más desdichado del reino.

Finalmente, Agustín bajó la guardia y le confesó la verdadera razón de su huida, una verdad que no le había dicho a nadie más en su vida. Le contó que se escapaba porque lo iban a obligar a casarse con una princesa, uniendo reinos y riquezas en un contrato frío, cuando él en realidad lo que quería era un príncipe. Las palabras quedaron suspendidas en el aire salino, cargadas de una honestidad cruda que Agustín temía que Diego no pudiera comprender o que, peor aún, rechazara con asco.

Por unos segundos hubo un silencio absoluto, interrumpido solo por el crujido de la madera del barco. Agustín cerró los ojos, esperando la peor de las reacciones de aquel campesino, imaginando que Diego se alejaría o lo miraría con juicio. Pero en su lugar, Diego se mostró profundamente comprensivo, con una calidez que Agustín sintió hasta en el alma. —Nadie debería ser obligado a amar por obligación —dijo Diego—, te mereces encontrar al príncipe de tus sueños.

Sus miradas se encontraron en un momento de pura ternura, una conexión que parecía borrar por un instante la poción mágica, la diferencia de cuna y el peligro de la misión. Agustín sintió que algo se rompía dentro de él, pero no era algo malo, sino una barrera que lo mantenía aislado del resto de la humanidad. Por primera vez en su vida, alguien lo veía tal como era, sin coronas ni títulos, y lo aceptaba con una sencillez que le resultaba más valiosa que todo el oro de su padre.