Aquel momento mágico fue interrumpido por los gritos de los piratas en la cubierta superior, que habían empezado a tocar música y a repartir raciones de alcohol para celebrar la buena navegación. Valerius los llamaba a gritos para que se unieran a la fiesta, rompiendo la intimidad del encuentro con su risa estruendosa.

Una fiesta improvisada se armó en la cubierta de aquel barco bajo la luz del atardecer, transformando el navío de guerra en un escenario de alegría desenfrenada. Un pirata de rostro curtido tocaba un viejo acordeón, sacando melodías nostálgicas y rápidas que hacían latir el corazón al ritmo de las olas. Otros tantos bebían y reían a carcajadas, contando historias exageradas sobre monstruos marinos y tesoros escondidos en islas que no aparecían en ningún mapa conocido.

Algunos piratas bailaban con pasos exagerados, girando sobre las tablas húmedas de la cubierta con una destreza que desafiaba el balanceo del barco. Incluso había dos que, influenciados por el alcohol y las viejas rencillas, habían iniciado una riña amistosa que terminaba siempre entre risas y más bebida. Agustín y Diego miraban la escena sentados desde un escalón de madera, disfrutando por un momento de la energía cruda y vibrante de aquellos hombres que vivían cada día como si fuera el último.

El capitán Valerius se les acercó, con la cara roja por el esfuerzo de la fiesta y la alegría de ver a sus pasajeros integrados. —¿Y qué tal la están pasando? No hay fiestas así en tierra firme, ¿verdad? —dijo el capitán con voz ronca mientras se sentaba a su lado. En un gesto de camaradería impulsiva, Valerius le dio una fuerte palmada en el hombro a Agustín, queriendo animar al joven que todavía parecía un poco tímido ante el bullicio de la tripulación.

En el preciso instante en que la mano del capitán entró en contacto directo con la piel del cuello de Agustín, el mundo pareció detenerse para Diego. La advertencia de Matilde resonó en su mente como una campana de alarma: el hechizo se rompería si alguien tocaba al príncipe. Ante los ojos atónitos de los presentes, el efecto de la poción empezó a desvanecerse en ráfagas de luz tenue, devolviéndole a Agustín sus rasgos aristocráticos, su piel perfecta y su innegable aire de realeza.