El silencio se extendió por la cubierta más rápido que el fuego en la pólvora, apagando la música y las risas de golpe. Los piratas dejaron caer sus jarras y rodearon a los dos hombres con una hostilidad renovada, pues para ellos la realeza era el enemigo natural que los perseguía por los siete mares. Al descubrir que tenían al príncipe heredero a bordo, la codicia brilló en sus ojos; comprendieron de inmediato que Agustín valía mucho más que cualquier tesoro que pudieran encontrar en una isla lejana.

—Un príncipe en mi propio barco… —murmuró Valerius, cuya sonrisa de amigo se había transformado en una mueca de cálculo frío—. Podría servirnos para extorsionar al rey a cambio de todo el oro del reino; seríamos estúpidamente ricos sin tener que volver a empuñar una espada. Los piratas empezaron a discutir a gritos qué harían con la recompensa, mientras algunos ya buscaban cuerdas para asegurar a su valiosa presa, olvidando cualquier vínculo previo con Diego.
Diego, viendo que la situación se tornaba desesperada, intentó defender a Agustín tomando una de las espadas que colgaban de un barril cercano. Se interpuso entre los piratas y el príncipe, con el acero temblando en su mano pero con la determinación grabada en el rostro. Valerius le gritó que no fuera tonto, que no arriesgara la oportunidad de salvar a su hija por defender a un “estúpido principito”. El capitán le instó a que se hiciera a un lado y aceptara una parte del botín.

Pero Diego era un hombre de una lealtad inquebrantable y desafió al capitán de todos modos, dispuesto a morir antes que permitir que usaran a Agustín como moneda de cambio. —Él es mi amigo y mi compañero —gritó Diego por encima del ruido de la tormenta que empezaba a formarse en el horizonte. En el medio de la pelea que se desató, los piratas intentaron arrebatarles el mapa por la fuerza, pero en el forcejeo, el valioso pergamino voló por los aires y cayó al mar.

Sin mapa, sin disfraz y superados en número por una tripulación que veía en ellos una fortuna andante, la lucha de Diego fue valiente pero inútil. Los piratas los redujeron rápidamente, usando la fuerza bruta de sus manos curtidas para desarmar al campesino y someter al príncipe. Agustín miraba con horror cómo el mapa desaparecía entre las olas, sintiendo que su última esperanza de libertad y la vida de la hija de Diego se hundían para siempre en la oscuridad del océano.

Finalmente, Diego y Agustín terminaron encadenados a un poste de madera en la parte baja del barco, secuestrados por los mismos hombres en los que habían confiado. La fiesta se había convertido en una guardia estricta, y el barco continuaba su rumbo bajo un cielo que amenazaba con una tempestad destructora. Atados el uno al otro, los dos hombres se quedaron en la penumbra de la bodega, escuchando cómo los piratas celebraban su captura mientras el mundo exterior se volvía cada vez más violento.

