El barco dio un último gemido de madera astillada y se deslizó por completo bajo la superficie. El agua los alcanzó tapándolos por completo, llenando sus pulmones y llevándolos al fondo del mar envueltos en burbujas y escombros. En medio de la asfixia y el pánico del ahogamiento, la oscuridad del océano los envolvió. Agustin sintió que perdía el conocimiento, viendo el rostro de Diego deformarse a través del agua mientras ambos se hundían en el silencio eterno de las profundidades.

Pero el destino aún no había terminado con ellos. En medio de la negrura absoluta, cuando la vida se les escapaba, unas manos de tacto frío pero gentil los sujetaron. Unas figuras gráciles, con colas que brillaban con luz propia, emergieron de las sombras del arrecife. Las sirenas, guardianas de los secretos del mar, se acercaron a los cuerpos inertes. Con una fuerza sobrenatural y casi mágica, cortaron los eslabones de hierro, rompiendo las cadenas de los piratas como si fueran simples hilos de seda.

Las criaturas marinas, movidas por un propósito antiguo, comenzaron a impulsarlos hacia la superficie, lejos de los restos del naufragio. Agustín y Diego, inconscientes y flotando en la ingravidez del agua, eran llevados por la corriente que las sirenas generaban con sus colas. El mar, que hace unos momentos parecía su tumba, se convirtió en el camino hacia una salvación inesperada. Las guardianas del océano los depositaron con cuidado en una orilla lejana antes de desaparecer nuevamente en las profundidades.