Diego caminó como pudo hasta el borde de la fuente, sintiendo la energía que vibraba en el agua sanadora. Sin dudarlo un segundo, entró en el estanque abrazando a Agustín, sumergiéndose ambos en las aguas mágicas que prometían curar lo incurable.

Los dos permanecieron unos minutos recostados dentro de la fuente, suspendidos en un tiempo que parecía no avanzar mientras el agua sanadora mojaba sus ropas y sus heridas. Diego sostenía la cabeza de Agustín sobre la superficie, acariciando su mejilla con una ternura infinita mientras las lágrimas seguían surcando su rostro curtido. Entre sollozos, le suplicaba en voz baja que se despertara, que abriera los ojos para ver que finalmente habían logrado llegar al final de su largo y peligroso camino.
El silencio de la cueva solo era roto por el suave murmullo del agua que caía de la fuente. Diego sintió cómo el dolor de su propia pierna se desvanecía, los huesos soldándose bajo la superficie del agua con un cosquilleo eléctrico. Pero su atención estaba puesta totalmente en Agustín; observaba con desesperación el pecho del príncipe, esperando ver el más mínimo signo de movimiento que indicara que el elixir estaba cumpliendo su milagro en el corazón herido del joven noble.

De pronto, Agustín se despertó de un sobresalto, tomando una bocanada de aire tan profunda que pareció llenar toda la caverna con su alivio. Sus ojos se abrieron de par en par, recuperando instantáneamente su color vibrante mientras la herida mortal de su pecho se cerraba sin dejar siquiera una cicatriz. Diego, con una felicidad enorme que casi no le cabía en el pecho, lo miró con los ojos empañados y le preguntó con voz temblorosa: —¿Estás bien? ¿Agustín, puedes oírme?
Agustín no respondió con palabras en ese momento, pues la emoción de estar vivo y de ver a Diego a su lado superaba cualquier lenguaje. En su lugar, tomó a Diego atrayéndolo hacia sí con una fuerza renovada, y acercando sus labios a los de él, le suplico en silencio que lo besara.

Diego respondió a esa suplica con un beso cargado de gratitud, de alivio y de una promesa silenciosa de que, a partir de ahora, sus destinos serían uno solo.

