Agustin estaba a punto de pedirle disculpas a Diego, temiendo que su impulso hubiera sido demasiado atrevido para el campesino, cuando el aire a su alrededor comenzó a vibrar con un zumbido agudo. Fueron interrumpidos bruscamente por un grupo de pequeñas hadas de alas doradas que surgieron de entre las flores brillantes. Las criaturas volaban furiosas alrededor de sus cabezas, preguntándoles con voces que sonaban como campanillas quiénes eran ellos y cómo habían osado profanar la fuente sagrada.

Las hadas, guardianas de la fuente, se movían con una velocidad cegadora, rodeando a los intrusos con estelas de luz plateada. Diego y Agustín intentaron explicar su presencia, pero las pequeñas criaturas parecían no querer escuchar razones hasta que una de ellas se detuvo frente al príncipe. El hada lo observó detenidamente, reconociendo en sus facciones el gran parecido con su padre y con los ancestros de la familia real que habían visitado la isla en siglos pasados.

Al ser reconocido, Agustín pudo finalmente contarles toda su historia: el sufrimiento de la hija de Diego, su huida del matrimonio arreglado y la batalla contra el dragón. Mientras ellos hablaban y la tensión se disipaba, algunas de las hadas más compasivas volaron hacia el cuerpo del dragón que yacía en la cámara exterior. Usando pequeñas gotas de las aguas sanadoras que transportaban en sus manos, comenzaron a curar al gran animal, cuya vida era tan valiosa para el equilibrio de la isla como la fuente misma.

Las hadas les explicaron con calma que ese lugar era su hogar eterno y que ellas eran las verdaderas responsables de la pureza del elixir. También les revelaron un secreto que Agustín desconocía: el dragón no era un monstruo salvaje, sino un guardián entrenado hace mucho tiempo por el Rey para protegerlas a ellas y a la fuente de los saqueadores ambiciosos. Le dijeron que ellas poseían la capacidad de comunicarse con el animal y que, a partir de ahora, le dirían que no les hiciera ningún daño.

La paz volvió a la caverna mientras las hadas revoloteaban amistosamente alrededor de la pareja, maravilladas por la lealtad que unía a un príncipe y a un campesino. Al terminar la charla, la líder de las hadas voló hacia una flor de cristal y recogió un poco del elixir más puro en un pequeño frasco de vidrio que entregó solemnemente a Diego. Con el medicamento sagrado finalmente en sus manos, Diego sintió que su misión estaba cumplida, y las hadas se despidieron deseándoles un viaje seguro de regreso a su hogar.

El regreso no fue en barco ni a pie, pues el dragón, ya recuperado de sus heridas y entendiendo que Agustín era un aliado de las hadas, se ofreció a llevarlos. Fue el propio dragón quien los llevó volando en su lomo a través del vasto océano, batiendo sus alas con una fuerza que hacía que el viaje de días se redujera a horas. Agustín y Diego se abrazaban con fuerza a las escamas de la bestia, viendo las nubes pasar bajo sus pies y sintiendo la libertad absoluta de volar sobre el mundo.