
Diego corrió por los caminos de tierra que tan bien conocía, con el corazón martilleando contra sus costillas por la mezcla de cansancio y esperanza. Al llegar a su modesta casa, entró de golpe y se encontró con su hija, que yacía casi sin aliento en su cama, rodeada por su abuelo que rezaba en silencio. Sin perder un segundo, Diego fue directo a darle un abrazo y, con manos temblorosas, destapó el frasco que las hadas le habían entregado en la isla esmeralda.

Le dio a beber el elixir a la pequeña, quien apenas podía mover los labios para recibir el líquido brillante. En cuestión de segundos, la magia de las hadas hizo efecto; el color volvió a las mejillas de la niña y su respiración se volvió fuerte y clara. Ante el asombro de su abuelo, la pequeña que apenas podía levantarse de la cama, ahora inundaba el lugar de alegría con una sonrisa radiante, una alegría que Diego había olvidado que existía.

Diego no podía estar más feliz y no paraba de abrazar y besar a su hija, quien reía dulcemente mientras jugaba con las manos de su padre. El milagro se había cumplido y el sacrificio de su viaje había valido cada gota de sudor y sangre derramada. Sin embargo, en medio del festejo familiar y las lágrimas de alivio, alguien tocó a la puerta de la cabaña con una autoridad que hizo que Diego se pusiera tenso por el miedo a que la guardia real hubiera venido a buscarlo.


