
Al abrir la puerta, se encontró con el mismísimo Rey, quien lo observaba con una expresión severa pero curiosa. —¿Usted es Diego, el campesino? —preguntó el monarca con su voz profunda. Diego estaba temblando de miedo, temiendo que su incursión al castillo finalmente tuviera consecuencias legales, pero respondió con firmeza que sí. Fue entonces cuando vio a la Reina y al príncipe Agustín asomándose por detrás del hombro del Rey, ambos con una sonrisa que le devolvió la calma.

Parecía que todo había salido bien dentro del castillo; Agustín había cumplido su palabra de enfrentar a sus padres y estos, conmovidos por su valentía y por la verdad de su hijo, habían decidido aceptar su deseo.

La pequeña hija de Diego se asomó con timidez por detrás de su padre, agarrándose con fuerza a su pierna mientras miraba a los visitantes tan elegantemente vestidos. Agustín, al verla tan sana y llena de vida, se arrodilló ante ella en el suelo de tierra de la cabaña, ignorando que sus ropas finas se mancharan.

Con una dulzura que conmovió a todos los presentes, Agustín le tomó la mano a la niña y le preguntó con una sonrisa: —¿Te gustaría ser una princesa?

