Con el lodo manchando sus ropas y el olor a humedad llenando sus pulmones, Diego atravesó los túneles subterráneos, siguiendo el eco de los pasos del gato que parecía guiarlo con intención.

Al final del túnel, la alcantarilla lo llevó hasta el jardín de rosas más espectacular que jamás hubiera imaginado, un lugar que parecía sacado de un sueño. El aire estaba saturado con el perfume de miles de flores y el sonido de fuentes de agua que vertían su contenido en estanques de mármol. Entre las sombras de las estatuas de ángeles y antiguos reyes, Diego emergió a la superficie, asombrado por encontrarse finalmente dentro de las murallas que antes le parecían inalcanzable

Fue por ese lugar estratégico que Diego entró una noche definitiva al castillo, moviéndose como una sombra entre los arbustos perfectamente recortados. Con la cautela de quien sabe que la muerte lo pisa los talones, comenzó a recorrer los pasillos de piedra pulida, escapando por milímetros de los ojos de los guardias. Cada vez que el brillo de una armadura se acercaba o el eco de unas botas resonaba en el suelo, Diego se fundía con los tapices o se ocultaba tras las pesadas columnas de piedra.

En uno de esos encuentros críticos con una patrulla que parecía dirigirse exactamente hacia su posición, el pánico amenazó con paralizarlo. Buscando una salida inmediata, Diego tanteó la pared hasta que su mano dio con el pomo de una puerta de madera finamente tallada. Sin pensarlo dos veces, la giró y se escabulló hacia el interior, cerrando la puerta con suavidad justo antes de que los guardias pasaran por el pasillo, dejando escapar un suspiro de alivio en la oscuridad.


