Al entrar en la habitación y permitir que sus ojos se acostumbraran a la tenue luz de la luna que entraba por la ventana, descubrió que no estaba en un almacén o un pasillo de servicio. El aire olía a sándalo y libros antiguos, y el mobiliario era de una elegancia que lo dejó sin aliento. Se dio cuenta, con un nudo en la garganta, de que se encontraba en el dormitorio privado del príncipe Agustín, el heredero al trono cuya fama de joven solitario recorría todo el reino.

En el centro de la estancia, sobre una cama con dosel de seda azul, el príncipe Agustín estaba profundamente dormido, ajeno a la presencia del intruso. Su respiración era pausada y tranquila, y su rostro, libre de las tensiones del protocolo diario, reflejaba una paz envidiable. Diego se quedó inmóvil por un momento, atrapado entre el impulso de huir y la fascinación de estar tan cerca de la figura que representaba todo el poder que él tanto necesitaba para salvar a su hija.
El príncipe Agustín era un joven de una belleza excepcional, casi irreal para los ojos de un hombre acostumbrado a la rudeza del campo. Bajo la luz plateada que se filtraba por los ventanales, su piel parecía de porcelana y su cabello rubio caía sobre la almohada con una suavidad que hipnotizó a Diego. Por un breve instante, el campesino olvidó su misión y el peligro que corría, quedando suspendido en el tiempo mientras observaba al príncipe, cuya vulnerabilidad al dormir lo hacía parecer menos un gobernante y más un ser humano.

Sin embargo, la tensión acumulada y el agotamiento de los últimos días jugaron en su contra en el momento más inoportuno. Al intentar dar un paso hacia atrás para salir de la habitación, el pie de Diego golpeó la pata de un pesado mueble auxiliar, provocando un ruido seco que resonó como un trueno en el silencio de la alcoba. El príncipe Agustín se despertó de un sobresalto, abriendo unos ojos intensos que se clavaron de inmediato en la figura sombría que permanecía de pie en medio de su dormitorio.
Al ver a un hombre desconocido, vestido con ropas humildes y manchadas de barro, el príncipe Agustín sintió que el terror le helaba la sangre y comenzó a abrir la boca para gritar pidiendo ayuda. Diego, viendo que su vida y su plan pendían de un hilo, actuó por puro instinto y se abalanzó sobre la cama. Con un movimiento rápido pero desesperado, tapó la boca del príncipe con su mano firme, intentando acallar el clamor que traería a toda la guardia real en cuestión de segundos.

—¡Por favor, no grite! ¡No vengo a hacerle daño! —suplicó Diego en un susurro cargado de angustia, pegando su rostro al del príncipe para que este pudiera ver la sinceridad en sus ojos. Agustín, sin embargo, no estaba dispuesto a confiar en un intruso nocturno. En medio del forcejeo, el príncipe logró extender su brazo libre hacia la mesa de noche, donde su espada descansaba siempre al alcance de su mano. Con una agilidad propia de su entrenamiento, desenvainó el acero y apartó a Diego con un empujón violento.

Agustín se puso en pie, apuntando con la punta de su espada directamente al pecho de Diego, quien retrocedió hasta chocar contra la pared. El príncipe mantenía una guardia perfecta, aunque su pecho subía y bajaba con agitación y sus ojos reflejaban una mezcla de rabia y desconcierto. Diego, con las manos en alto y las palmas abiertas, intentaba explicar con palabras atropelladas qué estaba haciendo allí, rogándole que lo escuchara antes de llamar a los verdugos.

—Mi hija se muere, alteza… solo busco el elixir —logró decir Diego, con la voz quebrada por el llanto que amenazaba con salir. Pero Agustín estaba demasiado alterado para procesar la historia completa del campesino en ese instante. Antes de que Diego pudiera relatar la enfermedad de la pequeña o el camino por las alcantarillas, la puerta de la habitación se abrió de golpe bajo el peso de los hombros de un grupo de guardias reales que habían escuchado el ruido del mueble y el breve forcejeo.

Los guardias no hicieron preguntas; al ver al príncipe amenazando a un hombre de aspecto andrajoso, se lanzaron sobre Diego con una violencia implacable. Lo arrojaron al suelo y lo inmovilizaron, presionando su rostro contra la alfombra mientras Agustín bajaba lentamente la espada, observando la escena con una expresión indescifrable. Diego intentó gritar una vez más sobre su hija, pero un golpe seco lo dejó sin aliento mientras los soldados lo ponían en pie para llevárselo detenido.

Agustín permaneció en silencio mientras veía cómo se llevaban al intruso por el pasillo. A pesar del peligro que acababa de pasar, algo en la mirada desesperada del campesino se había quedado grabado en su mente. Mientras tanto, Diego era arrastrado hacia las profundidades del castillo, lejos de los lujos y el perfume de las rosas, directo hacia la oscuridad de las mazmorras donde los secretos y los hombres solían ser olvidados para siempre.

