En el calabozo del castillo, la humedad se filtraba por las paredes de piedra y el frío calaba hasta los huesos de Diego, quien yacía en un rincón sobre un montón de paja sucia. El campesino lloraba sin consuelo, dejando que las lágrimas limpiaran el rastro de barro en sus mejillas mientras se lamentaba amargamente por su fracaso. Se castigaba a sí mismo con pensamientos crueles, sintiéndose el peor padre del mundo por no haber podido robar el elixir y por haber dejado a su hija sola en sus últimos momentos.

Las horas pasaban en una agonía lenta y silenciosa, interrumpida solo por el goteo constante del agua y el sonido de las ratas correteando por las sombras. Diego cerraba los ojos y veía el rostro de su pequeña, imaginando que su respiración se hacía cada vez más débil mientras él estaba allí encerrado, sin posibilidad de ayudarla. La desesperanza lo envolvía como un manto pesado, convenciéndolo de que su destino y el de su familia estaban sellados por la tragedia.

De repente, el sonido de unos pasos ligeros y el rechinar de una pesada puerta de hierro rompieron el silencio de la prisión. El príncipe Agustín apareció en el lugar, observando a Diego con una seriedad que helaba la sangre. Diego, al verlo a través de los barrotes, se puso de rodillas de inmediato, pidiéndole perdón con voz ronca y suplicándole piedad no para él, sino para su familia que lo esperaba afuera.

Agustín se quedó inmóvil frente a la celda, analizando al hombre que había irrumpido en su sueño. En lugar de proferir insultos o amenazas, el príncipe respondió con una pregunta que Diego no esperaba: —¿Cómo entraste sin que nadie te vea? Agustín procedió entonces a proponerle un trato inesperado; le dijo que estaba dispuesto a liberarlo de inmediato si Diego aceptaba mostrarle el camino secreto por el cual había ingresado al castillo.

Al parecer, el príncipe Agustín tenía sus propios motivos para querer desaparecer y estaba profundamente interesado en salir del castillo sin ser detectado por los ojos vigilantes de su padre o de la guardia real. Diego dudó por un momento, sintiendo el peso de la incertidumbre sobre sus hombros; aceptar significaba confiar en la palabra de un extraño poderoso, pero volver a casa con las manos vacías tampoco se sentiría nada bien, pues su hija seguía muriendo sin remedio.

Fue entonces cuando Diego decidió jugarse su última carta de sinceridad y le contó toda la historia de la enfermedad de su hija al príncipe, con el corazón en la mano. Le propuso un contra-trato: si el príncipe le traía un poco de ese elixir sanador que se guardaba en el palacio, él no solo le mostraría la salida, sino que lo ayudaría a escapar del castillo de forma definitiva. Agustín, viendo en Diego a un aliado tan desesperado como él mismo, aceptó el trato con un firme apretón de manos a través de los barrotes.