Al llegar al calabozo, Agustín encontró a Diego despierto, observando la luna a través de la pequeña rendija de la celda. El príncipe se acercó a los barrotes y, con voz queda, le explicó que no había encontrado el elixir terminado, pero sí algo mucho más valioso: un mapa que los guiaría directamente hacia la fuente del poder sanador. Diego, al escuchar que todavía había una oportunidad de salvar a su hija, sintió que un peso inmenso se levantaba de sus hombros y que la esperanza renacía en su pecho con más fuerza que nunca.

Al liberar a Diego de sus cadenas y abrir la celda con la llave maestra que había tomado de la guardia, el campesino no pudo contener su emoción. En un impulso de alegría pura, Diego le dio un efusivo abrazo al príncipe en señal de agradecimiento, estrechándolo con la fuerza de un hombre que acaba de recuperar la vida. El gesto tomó por sorpresa a Agustín, quien nunca antes había sido tocado de esa manera tan espontánea y humana; el príncipe se sonrojó profundamente ante tal muestra de afecto, sintiendo un calor desconocido en sus mejillas.

Diego, dándose cuenta de su exabrupto y de la diferencia de rangos que los separaba, se apartó rápidamente y le pidió disculpas con humildad, haciendo una profunda reverencia ante el heredero al trono. Agustín, todavía un poco aturdido por el contacto físico pero extrañamente reconfortado, le indicó con un gesto que no había nada que perdonar. Ambos sabían que el tiempo era su enemigo más peligroso, por lo que sin perder un segundo más, comenzaron a moverse por las sombras del castillo, evitando las patrullas nocturnas que recorrían los pasillos principales con antorchas.

Guiados por los planos mentales de Diego y el conocimiento que Agustín tenía de las rutinas de la servidumbre, llegaron finalmente al jardín de rosas y de allí a la entrada de la alcantarilla. Salieron por el túnel de desagüe, manchándose de nuevo con el lodo y el agua estancada, pero sintiendo el aire fresco de la noche como el mejor de los perfumes. Una vez fuera de los muros, se encontraron en los límites del pueblo, bajo un cielo estrellado que parecía bendecir su huida de la opresión de la piedra real.