Recorrieron las calles del pueblo a oscuras, asegurándose de que nadie los viera y manteniéndose siempre pegados a las fachadas de las casas para evitar las pocas luces de las tabernas que aún seguían abiertas. El príncipe Agustín estaba particularmente ansioso; sus manos temblaban ligeramente y sus ojos se movían de un lado a otro con curiosidad y temor a partes iguales. Era la primera vez que recorría las calles de su reino solo, sin una escolta de soldados que le abriera paso y sin que nadie gritara su nombre o se arrodillara ante él.

Agustín poco sabía del mundo fuera del castillo, más allá de lo que había leído en los libros de geografía o lo que veía desde los balcones más altos. Cada sonido de la noche, desde el ladrido de un perro hasta el susurro del viento entre los callejones, le parecía un peligro inminente o una aventura maravillosa. Diego, notando la agitación de su compañero, caminaba a su lado con paso firme, actuando como un guía en ese territorio que para él era cotidiano, pero que para el príncipe representaba un universo nuevo y aterrador.

Diego y Agustín se adentraron en un bosque espeso que rodeaba la ciudad, un lugar donde los árboles eran tan altos que ocultaban la luz de la luna. Agustín, sintiéndose cada vez más lejos de la seguridad de su hogar, preguntó en voz baja a dónde iban exactamente, pues el camino parecía volverse más salvaje a cada paso. Diego respondió con calma que tenían que hacer algo para ocultar su apariencia, ya que si salía al mundo con sus ropas finas y sus rasgos nobles, cualquier viajero o soldado reconocería al príncipe en cuestión de minutos.
Le habló entonces de una amiga de confianza que vivía en el corazón de la arboleda y que podría ayudarlos a pasar desapercibidos mediante métodos que la gente común consideraba imposibles. Mientras caminaban entre las raíces y el follaje, Diego intentó indagar con delicadeza el porqué del deseo tan ardiente del príncipe de escapar del castillo, preguntándose qué podía faltarle a alguien que lo tenía todo. Sin embargo, Agustín esquivaba sus preguntas con respuestas cortas y vagas, manteniendo sus secretos bajo una capa de orgullo y tristeza.

Finalmente llegaron a las afueras de una cabaña pequeña y rústica situada en medio de un claro del bosque, un lugar que parecía existir fuera del tiempo y del espacio ordinario. En la zona se respiraba una aura mágica, un cosquilleo en el aire que hacía que el cabello de Agustín se erizara y que los pájaros nocturnos guardaran silencio. La cabaña estaba rodeada de hierbas aromáticas y flores que brillaban con una luz tenue y azulada, indicando que quien vivía allí no era una persona ordinaria, sino alguien vinculado a las fuerzas de la naturaleza.


